Conectando con la vulnerabilidad

Desde pequeños nos han enseñado que tenemos que ser fuertes, que no podemos llorar, y que tenemos que estar siempre contentos y con la sonrisa puesta. ¿Conectando con la vulnerabilidad?. Este mensaje nos ha llegado masivamente, a través de nuestros padres, las películas, revistas, programas de TV, en el colegio, etc. Hemos crecido con esta idea, y hemos aprendido a vivir con ello.

Si nos quejamos demasiado o nos sentimos vulnerables es porque somos unos dramáticos, y nos ahogamos en un vaso de agua. En conclusión, somos débiles e incapaces de afrontar nuestros problemas.

Pero… ¿Qué difícil es mostrarse siempre fuerte y seguro de uno mismo no? Todos tenemos que lidiar con gran cantidad de situaciones que no siempre son de nuestro agrado, se nos plantean retos complejos de resolver, y en muchas ocasiones nos sentimos desbordados y sin recursos para afrontarlos. 

¡¡Parece que es misión imposible tener siempre la capa de superhéroe puesta, y sentir que podemos con todo!! 

¿Qué es la vulnerabilidad?

Culturalmente hemos entendido la vulnerabilidad como una característica personal asociada a la carencia de recursos para resolver problemas, poca capacidad para anticiparse a situaciones, y falta de habilidades para resistir ante las adversidades. 

Por otra parte, también hemos relacionado la vulnerabilidad con emociones como el miedo, la vergüenza y la tristeza. Las cuales nos hacen sentir incómodos con nosotros mismos, y preferimos deshacernos de ellas o dejarlas apartadas. 

Todos somos vulnerables en ocasiones y, de hecho, que esto sea así nos hace humanos. Nadie es perfecto, tiene constantemente las cosas bajo control, y se siente bien todo el rato. ¿Qué problema hay en reconocerlo? 

Aceptar la vulnerabilidad

Aparentemente puede parecer que reconocer y aceptar que en ocasiones podemos tener limitaciones, y que a veces nos sentimos carentes de recursos para asumir nuestros problemas, es una desventaja. Nos hace conectar con un sentimiento de derrota e incapacidad, que no encaja con los ideales de fortaleza y seguridad que nos han inculcado. Pero… ¿Esto es así realmente?

Aceptar que hay momentos en los que nos sentimos vulnerables es un gesto de valentía. Implica reconocer que no somos perfectos, y que en ocasiones nos sentimos desamparados y tenemos dificultades. 

Tomar conciencia de cuáles son nuestras carencias nos aporta un mayor autoconocimiento, y nos enfoca al crecimiento personal. Una vez hemos aceptado que somos vulnerables, podemos dirigirnos a la mejora de aquellas características personales que nos están dificultando, trabajar habilidades nuevas que nos puedan ayudar a conseguir nuestros objetivos, y mejorar nuestra autoestima.

¡Aceptar nuestras debilidades nos hace más fuertes!

Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad.

Mostrar nuestra vulnerabilidad

En el ámbito de las relaciones personales tendemos a protegernos, y ponernos una coraza. No nos gusta que la gente se de cuenta de cuáles son nuestros puntos débiles, y mucho menos que nos vean tristes o temerosos. Sentimos que mostrarnos de esta manera nos puede traer consecuencias negativas, ya que nos exponemos a las críticas y a los juicios de valor del resto. 

Pero, por el contrario, son muchas las ventajas de exponer nuestra parte más frágil. Si nos abrimos con las personas que nos rodean podemos conseguir una mayor conexión con ellas, y de esta manera una mejora de la calidad de la relación, y mayor cercanía. Por lo tanto, mostrarse vulnerable con nuestro circulo social nos da la posibilidad de:

-Pedir ayuda, cuando no sabemos qué hacer.

-Hablar de cómo nos sentimos nosotros y el resto.

-Nos da la posibilidad de aprender de los otros.

¡No tengas miedo a aceptar tu parte más vulnerable!  Reconocer nuestros límites es el punto de partida del aprendizaje, y el crecimiento personal.

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