¿Y tú?¿Te pones límites?

A menudo en terapia hablamos sobre todas aquellas cosas que creemos que somos incapaces de hacer, sobre todos aquellos sueños que tenemos pero que no podemos alcanzar, sobre todos aquellos objetivos que en un pasado nos planteamos y que ahora ya no podemos cumplir.

Muchas veces, todos estos pensamientos se arraigan tanto a nuestra personalidad que forman parte de nuestra forma de ser y por lo tanto, nos describimos según nuestras incapacidades. En un pasado, hubo cosas que no pudimos lograr, y  por lo tanto, a día de hoy creemos que tampoco..

Actualmente se habla mucho de la autoestima y la forma en que nos vemos a nosotros mismos, pero ¿Por qué es tan importante?

En las sesiones me gusta explicar la diferencia entre autoestima, autoconcepto y aprendizaje.

Cuando hablamos de autoconcepto nos referimos a qué conceptos nos definen a nosotros mismos. Con que adjetivos explicamos cual es nuestra personalidad. Este autoconcepto puede ser positivo o negativo, según como percibamos nuestras experiencias y aprendizajes.

Si nuestro aprendizaje o experiencias propias las consideramos malas o negativas, esto repercutirá en nuestra autoestima, la cual también será baja. Si nuestro aprendizaje o experiencias propias las consideramos buenas o positivas, nuestra autoestima será alta.

Muchas veces esta autoestima/autoconcepto más negativo, lo vemos como un punto débil en nuestra personalidad, creemos que hay cosas que se nos dan mal, que no somos capaces o que por mucho que lo intentemos no lo podremos conseguir.

 

                                         cuadro autoestima

Es importante que las personas veamos esos puntos débiles, no cómo una incapacidad, sino como una oportunidad de aprendizaje, una oportunidad de equivocarnos y buscar que nos falta para conseguir lo que nos proponemos.

Que una vez no hayamos podido lograr lo que buscábamos, no quiere decir que en otro momento, con otros recursos personales, no podamos.

De nosotros depende ver un punto negativo como algo que nos frena, o como algo que nos invita a crecer y aprender.

A continuación os dejo un cuento de Jorge Bucay que nos gustaría mucho compartir con vosotros y que siempre ayuda a reflexionar.

El elefante encadenado

«Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. 

El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?». No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez. Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. 

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. 

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…»

 

¿Cuáles son tus estacas?

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

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